La Paz tiene una forma particular de entender el tiempo. Llegas con tu itinerario y tu reloj en la muñeca, pero para la tercera tarde empiezas a medir el día con su luz: la de la mañana, que rebota en la bahía, y la del atardecer, que tiñe el malecón de naranja y violeta.
Caminas unos cuantos kilómetros, aprecias detalles que no habías visto en las estatuas a tu paso y entiendes por qué el destino recibió 841,400 turistas durante el primer semestre de 2026, de acuerdo con el Fideicomiso de Turismo de La Paz (Fitupaz), un 11.4% más que en el mismo periodo del año anterior. La ciudad crece, pero su ritmo sigue siendo tranquilo. Hay días de lancha, con la isla Espíritu Santo de fondo y lobos marinos que nadan a tu lado como viejos amigos, y días de arena clara en Balandra.
Hay también tardes de museo en el centro, entre ballenas conservadas y arte contemporáneo, que se alargan hasta que el sol baja y el Malecón vuelve a llenarse. Y hay un tercer tipo de día, el que reservas para explorar sin un plan y terminas descubriendo una joya que ya suena de boca a boca entre los lugareños.
Si ya estás en el centro, con el malecón todavía en los zapatos, basta seguir la carretera a Pichilingue, esa que bordea la bahía y te lleva hacia el norte. Unos diez minutos después, aparece la entrada a Puerta Cortés. Ahí, en Pueblito Marinero, está tu nuevo destino favorito. Para entrar, basta indicar en la caseta que vas a cenar a Majagua.
Llega con tiempo para caminar entre veleros y pelícanos, y ves cómo el cielo va del dorado al naranja. Antes de sentarte, vale la pena asomarse a La Ciruela, un espacio dedicado al arte, diseño y artesanía de México y Latinoamérica. Una selección de piezas con identidad, historia y origen, reunidas bajo el mismo techo que Majagua.
En Majagua, el paisaje también llega a la mesa: su cocina mexicana parte de ingredientes locales y de la pesca de la Baja, con preparaciones que dejan que el producto sea protagonista. De noche, bajo la pérgola, eso se traduce en el risotto con pesca del día, los tacos de short rib, el rosarito o el de pork belly, y un aguachile negro de camarón que enciende el paladar por sus cenizas de habanero.
Es esa mesa que los locales reservan para celebrar y que los viajeros terminan agregando a la ruta, como se completa La Paz: mar por la mañana, ciudad por la tarde, mesa larga de noche. Lo demás se improvisa, y suele ser lo mejor del plan. Reserva tu mesa en OpenTable o consulta el menú en su sitio. Síguelos en Instagram y Facebook para conocer la propuesta del día.
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