En 1957, María Elena abrió una fuente de sodas en Azcapotzalco. Ella y su esposo Raymundo operaban el lugar frecuentado por los trabajadores de la zona, quienes les pedían incluir comidas más variadas, y pronto, la oferta fue creciendo y, con ella, los platillos que ofrecían en la que el queso cotija que tanto le gustaba a don Raymundo no podía faltar. Con el paso de los años, su hijo Gerardo Vázquez se incorporó al proyecto familiar para renovar su cocina, gracias a su educación gastronómica como discípulo de Alicia Gironella y de Giorgio De Angeli. Lejos de experimentar un cambio abrupto, el restaurante evolucionó sin perder su esencia. Hoy en día, es un destino obligado para aquellos que quieren conocer la cocina mexicana en una sentada. Lo mejor de todo es que Elenita no se está quieta y su nueva misión es la preservación de la panadería tradicional mexicana. Por eso es un secreto a voces que en Nicos se sirven los mejores desayunos del ex-D. F.
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