El Sope Bosque de Chapultepec, Ciudad de México. Foto: Shutterstock.
¿Las jacarandas son mexicanas? Conoce cómo este árbol terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más queridos de la Ciudad de México.
Cada año, entre febrero y abril, la Ciudad de México cambia de color y para nosotros, es la temporada más linda. El frenesí por las jacarandas inicia cada primavera y es el árbol que representa esta estación del año en la gran metrópoli. Con ese color lila que llena la vista de la ciudad desde la cima del árbol hasta la flor que cae y llena las calles, tenemos que contarte que el árbol no es originario de nuestro país. Sin embargo, lo hemos adoptado como un símbolo nuestro.
Cada primavera, millones de personas pasean por la ciudad bajo un paisaje de flores moradas. Más allá del calendario, muchas personas identifican el inicio de la primavera con la aparición de las jacarandas. Para muchos, esto es señal de disfrutar de la estación con días soleados. Además, los días siguen siendo amigables para salir a caminar, jugar, comer al aire libre sin lluvias y disfrutar.
Aquí te contamos la historia detrás de las jacarandas y cómo llegaron a la ciudad.
El nombre jacaranda viene del guaraní, una lengua indígena que se habla en Paraguay, pues las jacarandas no son originarias de México. Provienen de Sudamérica, especialmente de regiones como Brasil, Argentina y Bolivia, donde crecen en climas cálidos y subtropicales.
La especie más común en la Ciudad de México es Jacaranda mimosifolia, un árbol ornamental que puede alcanzar entre 10 y 20 metros de altura y vivir varias décadas. Su estructura abierta, con ramas extendidas y hojas finas, permite que la luz atraviese la copa incluso durante la floración. Por eso contribuye a ese efecto visual tan característico que vemos.
En plena temporada seca, cuando muchos árboles aún no han desarrollado follaje, las jacarandas florecen y cubren la ciudad en tonos violetas y lilas que destacan del entorno urbano. Una de sus características más particulares es que las flores aparecen antes que las hojas. Por consiguiente, esto hace que el color sea más intenso y visible, formando copas completamente cubiertas de racimos que, durante algunas semanas, dominan el paisaje.
A nivel visual, pocas especies generan un efecto tan uniforme en una ciudad de este tamaño y es que no se trata solo de estética. Su floración también responde a condiciones ambientales específicas de nuestra ciudad como temperaturas templadas, baja humedad y el cierre de la temporada seca.
Su capacidad de adaptación ha sido clave para su expansión fuera de su lugar de origen. A diferencia de otras especies, las jacarandas pueden desarrollarse en climas templados de altura, siempre que cuenten con suficiente luz solar y suelos bien drenados. Estas condiciones coinciden en gran medida con las de la Ciudad de México.
Además, su crecimiento relativamente rápido y su resistencia a periodos de sequía las convierten en una opción perfecta para la ciudad. El mantenimiento es poco.
No existen registros exactos de su llegada al país, pero sí existen distintas versiones que nos cuentan la historia de cómo la jacaranda se convirtió en el favorito mexicano.
La versión más conocida y popular es sobre el ex presidente de México Pascual Ortiz Rubio quien, en 1930, caminando por las calles de Washington logró apreciar, los cerezos japoneses y con ello el hanami, un ritual de contemplación de flores que los japoneses celebran cada primavera y buscaba el mismo espectáculo para la ciudad.
Para tratar de cumplir con el pedido, se dice que el Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón buscó a Tatsugoro Matsumoto, un inmigrante japonés que cuidaba los jardines de Chapultepec, entonces la residencia presidencial en Ciudad de México. Matsumoto no solo se dedicó a la jardinería ornamental. También participó en el diseño y mantenimiento de jardines para familias influyentes y espacios relevantes. Con el tiempo, se consolidó como una figura clave en la introducción de especies vegetales en el entorno urbano.
Junto con su hijo, Sanshiro Matsumoto, desarrolló viveros y proyectos que permitieron experimentar con distintas especies ornamentales. Su trabajo se caracterizaba por un equilibrio entre estética y funcionalidad. No se trataba únicamente de embellecer, sino de elegir plantas que realmente pudieran prosperar en las condiciones de la ciudad.
Matsumoto analizó las condiciones climáticas y encontró que los inviernos en la ciudad no eran lo suficientemente fríos para que los cerezos florecieran. Por eso sugirió otro árbol con flores coloridas como una posible la solución: las jacarandas, similares a los cerezos bonitos pero no iguales.
Uno de los principales retos al momento de diseñar áreas verdes en la Ciudad de México era encontrar especies que pudieran adaptarse a su entorno. La altitud, las temporadas secas prolongadas y las características del suelo urbano hacen que muchas plantas ornamentales no sobrevivieron o requieren demasiado mantenimiento.
En ese contexto, especies como los cerezos aunque visualmente atractivos no logran desarrollarse adecuadamente. Las jacarandas, en cambio, eran la mejor opción.
Son árboles resistentes, capaces de tolerar períodos de sequía y de crecer en condiciones urbanas con relativa facilidad. Además, su mantenimiento es menor en comparación con otras especies ornamentales, lo que facilitó su uso en proyectos de mayor escala.
Otro factor importante fue el impacto visual. Su floración ocurre en un momento en el que otros árboles aún no tienen hojas, lo que las hace destacar aún más dentro del paisaje. Esta combinación de resistencia y espectacularidad permitió que su plantación se extendiera rápidamente por avenidas, parques y colonias.
Con el paso de las décadas, las jacarandas dejaron de ser una especie introducida para convertirse en parte integral de la identidad de la ciudad. Su presencia se extendió hasta integrarse al paisaje cotidiano, al punto de que hoy resulta difícil imaginar la capital sin ellas.
Su floración no sólo marca un cambio visual, sino también una experiencia compartida. Cada año, durante unas semanas, la ciudad adquiere una apariencia distinta que es reconocida tanto por quienes la habitan como por quienes la visitan.
Además de su valor estético, las jacarandas también forman parte del ecosistema urbano. Sus flores atraen polinizadores como abejas e insectos, y contribuyen a la biodiversidad en un entorno altamente urbanizado.
Más de un siglo después de su llegada, estos árboles siguen definiendo una temporada específica del año. Lo que comenzó como una decisión de paisajismo terminó convirtiéndose en uno de los rasgos más característicos de la Ciudad de México. Finalmente, es un elemento que conecta historia, naturaleza y vida urbana en un mismo paisaje.
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