Si piensas en Nueva York en diciembre, probablemente veas lo mismo que millones de personas en todo el mundo: el árbol de Navidad del Rockefeller Center encendido frente a la pista de hielo, rodeado de rascacielos y shoppers cargados de bolsas.
Pero detrás de esa postal perfecta hay una historia que empezó de forma mucho más humilde, en plena Gran Depresión, y que hoy se transformó en uno de los rituales navideños más famosos del planeta.
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La tradición nació casi por accidente. En 1931, mientras se construía el complejo de Rockefeller Center en Midtown Manhattan, un grupo de trabajadores decidió poner un pequeño árbol de unos seis metros en la obra para celebrar la Nochebuena. Era un balsam fir decorado con guirnaldas hechas a mano por sus familias, cadenas de papel, arándanos y hasta restos de papel aluminio de las obras. No había cámaras, ni patrocinadores, ni transmisión en vivo: sólo obreros intentando darle un poco de luz a un invierno muy duro.
Ese gesto espontáneo conectó tanto con el espíritu de la ciudad que dos años después se convertiría en tradición oficial.
En 1933, Rockefeller Center decidió formalizar la idea: instaló un árbol de alrededor de 15 metros y organizó la primera ceremonia oficial de encendido. A partir de ese año, el árbol se volvió un ritual anual y un símbolo del propio complejo, que estaba terminando de consolidarse como el nuevo corazón comercial y cultural de Manhattan.
En 1936, el escenario se completó con la inauguración de la pista de hielo bajo el árbol, que terminó de sellar la imagen que hoy conocemos: patinadores, luces, música y uno de los decorados urbanos más fotografiados del mundo.
La televisión hizo el resto. Desde 1951, la ceremonia de encendido se transmite a nivel nacional por NBC y, desde finales de los noventa, el especial “Christmas in Rockefeller Center” se emite en horario estelar, con conciertos y presentaciones en vivo antes del famoso conteo regresivo. Hoy se calcula que unos 125 millones de personas visitan el árbol cada temporada.
Aunque el escenario es siempre el mismo, el árbol cambia cada año. Normalmente se trata de un abeto noruego (Norway spruce) de entre 20 y 30 metros de altura, elegido meses antes por el equipo de jardinería de Rockefeller Center en diferentes puntos del noreste de Estados Unidos. Muchas veces proviene del jardín de una familia que decide donarlo, una tradición que se ha mantenido durante décadas.
Una vez en Manhattan, el árbol se asegura y se va decorando con paciencia casi quirúrgica. En los últimos años ha llevado más de 50,000 luces LED multicolor, pensadas para consumir menos energía y brillar durante horas sin sobrecalentarse.
La joya de la corona es la estrella que lo remata. La versión actual, diseñada por Daniel Libeskind para Swarovski, pesa alrededor de 400 kilos, mide casi tres metros de diámetro y está recubierta con unos tres millones de cristales sobre 70 puntas metálicas. Es un objeto de diseño en sí mismo, visible desde varios ángulos de la plaza y que transforma cualquier foto del árbol en algo todavía más espectacular.
La historia del árbol no termina cuando se apagan las luces a mediados de enero. Desde 2007, la mayor parte de su madera se dona a Habitat for Humanity, organización que la convierte en vigas y tablas para construir viviendas de interés social en distintas partes de Estados Unidos. Es decir, ese árbol que durante unas semanas es símbolo de consumo, turismo y espectáculo, después se transforma en parte de un hogar real para una familia.
Además de darle un segundo uso al árbol, el programa refuerza una lectura más contemporánea de la tradición: lujo, sí, pero con un guiño a la responsabilidad social y la sustentabilidad.
Quizá lo más interesante del árbol de Navidad del Rockefeller Center es que resume, en un solo gesto, muchas de las contradicciones de la ciudad: nació como un acto solidario de trabajadores en plena crisis económica, fue apropiado por una de las familias más influyentes de Estados Unidos y terminó convertido en espectáculo global y producto turístico.
Y aun así, cada año sigue emocionando. Para quien viaja a Nueva York en temporada navideña, ver el árbol encendido —ya sea desde la pista de hielo, la Quinta Avenida o el Top of the Rock— es casi un rito de iniciación.
Es la prueba de que, a veces, los símbolos más potentes surgen de gestos simples: un grupo de personas rodeando un árbol para recordar que, incluso en los inviernos más difíciles, siempre se puede encender una luz.
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